Ségolène Royal PDF Imprimir E-Mail

ImageEl teniente coronel de artillería Jacques Royal, un católico sumamente estricto, se casó con Helen Dehaye, con quien tuvo ocho hijos, mientras recorría las colonias francesas de destino en destino. Por esta razón es que Marie-Ségolène Royal nació en Dakar (Senegal) y pasó gran parte de su infancia en la Martinica, otro territorio francés de ultramar..

Pero el tiempo de las colonias tocaba a su fin, y después de una última misión en Argelia, Jacques Royal volvió a Francia, desengañado, con la convicción de que la política de De Gaulle, favorable a la independencia argelina, traicionaba aquello por lo que había luchado. Abandonó el ejército y llevó a su familia a la tierra de sus padres, un pequeño pueblo llamado Chamagne, donde tenía un palacete que en tiempos fue pabellón de caza de los príncipes de Lorena. Una casa que debía de ser muy fría en invierno, sobre todo teniendo en cuenta que el viejo artillero consideraba la calefacción un lujo innecesario que ablandaba los espíritus. Y es que el padre de Ségolène tenía una manera estricta de entender la educación. Al parecer quiso implantar en el hogar una férrea disciplina capaz de resistir las tentaciones del mundo, pero no logró convencer a su mujer, que acabó separándose por no compartir la severidad de su marido. Algunos de los biógrafos de la francesa no dudan en calificar al progenitor como un perfecto tirano, un déspota, y quizá ésa es la opinión personal de Ségolène porque desde el principio tomó partido en la separación.

Ségolène convenció a cinco de sus siete hermanos para que rompieran relaciones con su padre, se cambió el apellido y empezó a utilizar el materno. Incluso, llevó a su progenitor frente a los tribunales, porque éste se negaba a conceder el divorcio y a pasar pensión alguna a su esposa, que trabajó como limpiadora hasta que una herencia le permitió retirarse. El padre, víctima de un cáncer de pulmón, falleció antes de que finalizase el proceso. También lo llevó a juicio por no querer pagarle los estudios universitarios y ganó.


Sus estudios

Ségolène acabó sus estudios de primaria en Chamagne, y los de secundaria en Epinay,en el colegio privado Saint Joseph d’Épinal, un internado femenino. Estudió en la Universidad, en Nancy, donde se licenciaría en Ciencias Económicas. En 1978 llega a París e ingresa en la Escuela Nacional de Administración, una elitista academia que parece ser el paso obligado para quien pretende ser alguien en la política francesa. Allí compartió pupitre con el hoy primer ministro Villepin. Elige ser asignada al cargo de Magistrado en el tribunal administrativo. En 1994 pasa el concurso de Abogada en la oficina de París y entra al Bufete Techon.


La política

ImageYa había asistido a algunos mítines socialistas en su etapa universitaria; evidentemente la educación paterna en el aspecto político, no había calado en la joven Ségolène. En París, se afilió al Partido Socialista y, al poco tiempo de graduarse, fue llamada para formar parte de los asesores presidenciales. En ese grupo también estaba François Holland, el que sería su esposo y padre de sus hijos y que es secretario general del partido. Holland sólo duraría un año en las dependencias del Elíseo; Ségolène, seis. Ése fue su doctorado en política, muy cerca del que considera su maestro, Mitterrand.

Después de seis años como asesora presidencial y, tras algún intento fallido en las urnas, por fin consigue un escaño en la Asamblea Nacional en las elecciones de 1988, que hasta ahora no ha abandonado. Ya hacía tiempo que François Holland y ella habían decidido vivir juntos, pero sin casarse. Tenían tres hijos: Thomas, Clemente y Julián, pero todavía faltaba Flora, que no llegaría hasta 1992. Durante el embarazo fue encargada de dirigir el Ministerio de Medio Ambiente, y cuando, dio a luz, invitó a la prensa al hospital para presentar a su hija.

Tiempo después, se produjo el polémico episodio del Rainbow Warrior, el barco de Greenpeace que el servicio secreto francés hundió en Nueva Zelanda, causando la muerte a uno de los ecologistas, provocando un escándalo enorme. Se trataba de proteger las pruebas nucleares que Francia estaba realizando en Mururoa, y que el Rainbow Warrior pretendía obstaculizar. Nada de esto sabía Ségolène, que entonces era sólo una asesora más de Mitterrand; por el contrario, su hermano Gerard sí lo conocía, puesto que era quien pilotaba la zodiac.

En 1997 repitió en el Ejecutivo como ministra delegada de Educación y más tarde ocuparía el mismo cargo, pero en el Ministerio de Familia e Infancia.

Cuando los socialistas pierden el poder, Royal se dedica a la política regional y en 2004 es elegida presidenta de la región de Poitou-Charentes. En 2006 declaró que no se volvería a presentar como diputada. Su triunfo en ese bastión tradicional de la derecha hace que surja su nombre a la hora de buscar candidato socialista, aunque, en un priemr momento, hubo quien se lo tomó a broma. Parece casi inimaginable que unos espléndidos ojos azules estén en el Palacio del Elíseo.


Su candidatura

ImagePero en su propio partido hay quienes le reprochan cosas más serias: la nueva candidata certifica el giro a la derecha que ha dado la política francesa, porque su discurso está plagado de conceptos como nación, familia, orden. Ségolène se ha referido a la posibilidad de recurrir a la disciplina militar para los adolescentes revoltosos, ha cuestionado la jornada de 35 horas y ha criticado la iniciativa de Villepin de dar protección jurídica al derecho a la vivienda. En Francia la izquierda parece que se ha reducido a la revolución sexual, y Segolène pretende ahora conquistar el centro, ese espacio mágico que dicen que tiene la clave de la victoria, tratando de hacerse un hueco a medio camino entre Juana de Arco y la Libertad de Delacroix, las únicas mujeres que los franceses toman políticamente en serio.

Ségolène Royal trae una imagen de persona ajena a la política de alto nivel, capaz de conectar con el ciudadano de a pie, tumbarle en un diván y escuchar sus problemas reales. La izquierda ha depositado su confianza en una mujer hermosa. Resulta extraño que en una de las naciones más pioneras del igualitarismo no se haya dado hasta ahora la posibilidad electoral de que una mujer ocupase el palacio del Elíseo.

 

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