| Ségolène Royal |
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Pero el tiempo de las colonias tocaba a su fin, y después de una última misión en Argelia, Jacques Royal volvió a Francia, desengañado, con la convicción de que la política de De Gaulle, favorable a la independencia argelina, traicionaba aquello por lo que había luchado. Abandonó el ejército y llevó a su familia a la tierra de sus padres, un pequeño pueblo llamado Chamagne, donde tenía un palacete que en tiempos fue pabellón de caza de los príncipes de Lorena. Una casa que debía de ser muy fría en invierno, sobre todo teniendo en cuenta que el viejo artillero consideraba la calefacción un lujo innecesario que ablandaba los espíritus. Y es que el padre de Ségolène tenía una manera estricta de entender la educación. Al parecer quiso implantar en el hogar una férrea disciplina capaz de resistir las tentaciones del mundo, pero no logró convencer a su mujer, que acabó separándose por no compartir la severidad de su marido. Algunos de los biógrafos de la francesa no dudan en calificar al progenitor como un perfecto tirano, un déspota, y quizá ésa es la opinión personal de Ségolène porque desde el principio tomó partido en la separación.
Ségolène acabó sus estudios de primaria en Chamagne, y los de secundaria en Epinay,en el colegio privado Saint Joseph d’Épinal, un internado femenino. Estudió en la Universidad, en Nancy, donde se licenciaría en Ciencias Económicas. En 1978 llega a París e ingresa en la Escuela Nacional de Administración, una elitista academia que parece ser el paso obligado para quien pretende ser alguien en la política francesa. Allí compartió pupitre con el hoy primer ministro Villepin. Elige ser asignada al cargo de Magistrado en el tribunal administrativo. En 1994 pasa el concurso de Abogada en la oficina de París y entra al Bufete Techon.
Después de seis años como asesora presidencial y, tras algún intento fallido en las urnas, por fin consigue un escaño en la Asamblea Nacional en las elecciones de 1988, que hasta ahora no ha abandonado. Ya hacía tiempo que François Holland y ella habían decidido vivir juntos, pero sin casarse. Tenían tres hijos: Thomas, Clemente y Julián, pero todavía faltaba Flora, que no llegaría hasta 1992. Durante el embarazo fue encargada de dirigir el Ministerio de Medio Ambiente, y cuando, dio a luz, invitó a la prensa al hospital para presentar a su hija. Tiempo después, se produjo el polémico episodio del Rainbow Warrior, el barco de Greenpeace que el servicio secreto francés hundió en Nueva Zelanda, causando la muerte a uno de los ecologistas, provocando un escándalo enorme. Se trataba de proteger las pruebas nucleares que Francia estaba realizando en Mururoa, y que el Rainbow Warrior pretendía obstaculizar. Nada de esto sabía Ségolène, que entonces era sólo una asesora más de Mitterrand; por el contrario, su hermano Gerard sí lo conocía, puesto que era quien pilotaba la zodiac. En 1997 repitió en el Ejecutivo como ministra delegada de Educación y más tarde ocuparía el mismo cargo, pero en el Ministerio de Familia e Infancia. Cuando los socialistas pierden el poder, Royal se dedica a la política regional y en 2004 es elegida presidenta de la región de Poitou-Charentes. En 2006 declaró que no se volvería a presentar como diputada. Su triunfo en ese bastión tradicional de la derecha hace que surja su nombre a la hora de buscar candidato socialista, aunque, en un priemr momento, hubo quien se lo tomó a broma. Parece casi inimaginable que unos espléndidos ojos azules estén en el Palacio del Elíseo.
Ségolène Royal trae una imagen de persona ajena a la política de alto nivel, capaz de conectar con el ciudadano de a pie, tumbarle en un diván y escuchar sus problemas reales. La izquierda ha depositado su confianza en una mujer hermosa. Resulta extraño que en una de las naciones más pioneras del igualitarismo no se haya dado hasta ahora la posibilidad electoral de que una mujer ocupase el palacio del Elíseo. |
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